mas después de estar así largo rato,
este dios amor, que seguía hiriendo
a mi corazón, con quien se ensañó,
volvió a repetir otro asalto más.
para más herirme, ya había sacado
una nueva flecha, tal como antes hizo,
y fue tan certero, que en medio del pecho
volvió a atravesarme y a herirme de nuevo.
la cuarta saeta era compañía,
la que, como nadie, sabe cómo hacer
para desarmar damas y doncellas.
un nuevo dolor me vino al costado
por estas heridas que amor me produjo,
las cuales me hicieron desmayar tres veces.
al volver en mí me puse a llorar,
puesto que el dolor iba en aumento,
y era tan agudo que perdí esperanza
de poder sanar o encontrar alivio.
mucho más quería morir que estar vivo,
puesto que al final, según me temía,
haría de mí un mártir amor.
pero no podía de allí separarme.
empuñó otra vez, durante este tiempo,
una nueva flecha que apuntó muy bien,
a la cual temía por ser muy aguda:
es bello semblante, que nunca consiente,
a ningún amante el arrepentirse
de haber bien amado por mal que le fuera.
es saeta aguda, propia para herir,
y tan cortadora como una cuchilla.
pero el propio amor en la misma punta,
la había impregnado con precioso ungüento
para que la herida no fuera muy grave.
no quería, pues, que yo me muriera
sino que sintiera incluso un alivio
gracias al ungüento que puso en la flecha
el cual era fuente de todo consuelo.
lo había hecho amor con sus propias manos
para confortar a los amadores
y para aliviarlos de todos los males.
así pues, amor me lanzó esta flecha
y en el corazón hízome una brecha,
pero aquel ungüento se extendió muy bien
por aquella herida, el cual me dejó
sano el corazón, que estaba transido:
yo estaría muerto sin ningún remedio
si ese dulce ungüento no hubiera existido.
y otra vez saqué la vara del pecho,
mas no conseguí extraer la punta
como ya ocurriera con las otras flechas.
así pues, quedaron las puntas clavadas,
las cuales jamás me serán sacadas.
pero aquel ungüento mucho me valió,
aunque ya por siempre mucho me dolió
tan mortal herida; tanto, que el dolor
hizo que mi cara de color cambiara.
esa flecha, pues, la virtud tenía
de ser a la vez dulce y dolorosa:
desde aquel instante pude comprobar
que fue para mí martirio y consuelo,
y que en el gran dolor de tan grave herida
quedaba sano con aquel ungüento:
primero me hiere y después me alivia,
antes me destruye y luego me sana.
otro fragmento más del roman de la rose, de guillaume de lorris y jean de meun, siglo XIII
(el anterior acá)
siempre me odio algo…….no ser romantica y leer estas cosas!
y gueno
por algo se empieza glo
es increíble que existan esas cosas y gente como tu, que sepa en que parte de la biblioteca del venerable jorge (¿tal vez en el finis africae?) se encuentran
gracias…vosté me halaga en extremo, my lord