desde que empecé a twittear posteo cada vez menos. si es que eso fuera posible, porque mucho no venía posteando ultimamente
primero pensé “claro, es más fácil twittear que postear” y después me dí cuenta que no es eso, es que son dos cosas distintas. postear implica investigar, chequear, reflexionar. escribir laaaaaaaargo, o semi laaargo
twittear es como un estornudo, algo directo, sin mediación, casi un impulso
es decir buenos días y que haya una parva de gente que te conteste, es escupir una duda y recibir decenas de micro respuestas instantáneas es, también, tirar frases al aire esperando una respuesta y que no aparezca… ay! la comunicación virtual y sus incertidumbres… ojos que no ven, feedback que no llega
uno puede twittear sin necesidad de tener instalado un filtro entre el cerebro y las manos que teclean. eso está muy bueno
desde la circulación de información, creo que el microblogging es la superación del blog. todo es mucho más rápido y surtido, de una sóla mirada me entero de un montón de cosas y desde muchas fuentes: del blog action day, la entrada de un proyecto parlamentario, encuesta sobre vinos, leo frases geniales como “somos el rumor de la lectura infinita” *, la receta de una compota de peras espectacular
las dos modalidades me parecen complementarias. por un lado acá puedo reflexionar sobre mi accionar en twitter pero quizá sólo obtenga la devolución de unas pocas personas (quizá nadie!), por el otro en twitter no hay espacio para la reflexión, pero si para el impacto y es ese impacto el que me puede llevar a la reflexión
anyway, aún estoy pensando en este fenómeno de las redes sociales, en cómo se arman, en la laxitud de sus fronteras, y la circulación de la información en su interior. el blog y las redes sociales, el microblogging y las redes sociales… en fin, las redes sociales como concentradoras y distribuidoras
he dicho
claaaro… es lo que nos está pasando a todos
http://marilink.blogspot.com/2007/09/situacin-actual-de-mi-blog.html
será epidemia?
Se van compactando los símbolos. Vamos directo al cuento donde unos tipos se contaban chistes numerados, entonces cantaban un número y todos se cagaban de risa. Hasta que uno de afuera prueba con algunos números pero nadie se reía. “Sabe, a los chistes hay que saberlos contar”.